CON AMOR DESDE LA SENCILLEZ

“Enséñame el arte de los pequeños pasos” El Principito.

Mantengamos el alma simple y la mirada humilde para disfrutar de la vida desde la felicidad con sencillez. 

Las cosas grandes ocurren cuando se hacen bien las pequeñas. Confiemos en lo sencillo y admiremos lo simple.

Pero es tan sencillo ser feliz como difícil ser simple para alcanzar esa felicidad… La felicidad simplemente nos hace apreciar esas pequeñas cosas de la vida. 

Nosotras hemos comprobado cientos de veces que solo las personas extraordinarias cuentan genuinamente con esta cualidad. Las reconocemos porque, lo que hacen, lo hacen con un comportamiento transparente y puro, siendo fieles a su esencia y sin esforzarse por mostrar algo diferente. 

SER sencillo va acompañado de un montón de virtudes: ser amable, cultivando la dignidad y reflejando su cualidad de gran persona en los demás; ser humilde y justo, comprendiendo cuáles son sus límites y tomando conciencia de lo que les queda por aprender; ser adaptables, aceptarse a ellos mismos y aceptarse a los demás, y así todo fluye; ser espontáneos, otra virtud que solamente tiene lugar en las personas equilibradas y saludables…

Aprendamos a disfrutar de las pequeñas cosas, agradeciéndolas y sin tener puestas expectativas o ambiciones en algo demasiado elevado, simplemente en mantener la felicidad. Expresémonos con naturalidad sin pensar en demostrar nada ni en crear falsas apariencias. Hablemos claro y elocuentemente, vivamos sin adornos innecesarios, sin pretensiones elitistas o marcas de clase social intencionadas. Seamos sencillos.

La sencillez en el pensamiento es lo que llamamos actuar desde el “sentido común” y ver la realidad sin tratar de ponerle muchos adornos ni complicarla innecesariamente. Mostrar lo que somos y hacer el camino de la vida solo con el equipaje necesario, en calma y haciendo uso de la intuición.

Expresemos lo que pensamos de forma directa y simple. La sencillez mental facilita la comprensión de otros puntos de vista. Reduce o termina con esa necesidad de poseer la verdad, de imponérsela a los demás o de lograr que todos piensen de la misma manera. Las mentes sencillas aceptan que hay muchos puntos de vista y aprenden a trasformar el problema en crecimiento personal, lo cual no quiere decir conformismo.

La sencillez también está presente en la forma en la cual nos relacionamos con los demás. Empecemos por ser respetuosos con nosotros mismos. Aceptémonos y aceptemos a los demás. Quien actúa con sencillez no cambia su personalidad, ni su forma de tratar a los demás dependiendo de quién tenga de frente, le da el mismo valor a los poderosos y a las personas humildes.

La sencillez es una virtud maravillosa, mágica. Es sinónimo de verdad y naturalidad y va asociado a la humildad, la nobleza y la madurez. Nos lleva a valorar los triunfos propios y de los demás. A sentirnos felices con los logros y compartir de corazón las tristezas. Los demás son iguales, aunque diferentes y por eso hay un sentimiento de solidaridad. Todos estamos unidos por un lazo común: la humanidad.

SER sencillo no se trata solo de mostrarnos sin adornos, sino de vivir sin mentiras y actuar sin más complicaciones de las necesarias. La gente auténtica se une entre sí y descubre más allá de la realidad un mundo de cariño y honestidad con el que solventar cualquier situación que parezca complicada.

El poder de lo simple se siente mirando al otro a los ojos, en un abrazo, un agradecimiento, un perdón; en las emociones, en las palabras y en la inteligencia; en la belleza de la sencillez de los actos…

Para encontrar sencillez hay que cerrar los ojos y abrir el corazón.

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